Picado por el gusano del baile

Por Pedro Juan Hernández

Tan pronto tuvo la oportunidad, Carlos comenzó a buscar lugares donde la comunidad puertorriqueña e hispana iban a bailar la rumba, el ritmo pegajoso que lo cautivó y le hizo mover sus pies sin poder contenerlos. Fue en el Park Plaza de la calle 110 y Quinta Avenida y el Club Obrero Español en la calle 102 y Avenida Madison donde tuvo la oportunidad de ver a algunas de las estrellas del mundo hispano como el gran músico cubano Machito, a los músicos Julio Andino, Marcelino Guerra, el grupo de Alforana X y el Conjunto Capaceti. Aunque entrar a estos lugares le estaba vedado por ser menor de edad, el estar en las cercanías y poder avistar algunos de estas estrellas del entretenimiento fue motivo de aliento y estímulo. A veces le fue posible escuchar la música viva que se filtraba a la calle donde improvisaba y practicaba los pasos que algún día luciría en la pista de baile. Otras veces se las ingeniaba colándose bajo la pretensión de ser adulto simulando un bigote y vistiendo sombrero y chaqueta que le añadían años. Una vez adentro, siempre terminaba en la pista rodeado de espectadores y nuevos amigos que aplaudían sus movimientos y contorsiones al ritmo de la música. Con frecuencia el corillo que le rodeaba y lo animaba era interrumpido por los guardianes de seguridad que estaban presto a expulsar al infractor sin importar las súplicas de la multitud.

Carlos Arroyo at 21 years
El alcanzar la edad de mayoría fue liberador porque finalmente pudo entrar a los templos de la música y baile con que tanto había soñado. Lo único que le faltaba era encontrar la pareja que le acompañaría en esa travesía. En el Savoy Ballroom, Carlos y su pareja Ramoncilla comenzaron a monopolizar los campeonatos de las competencias de baile y a ganarse los 25 dólares de premio hasta que Bob Buchanan, el dueño del lugar les prohibió competir. No obstante, Bob los contrató para hacer una rutina bailable que gustó mucho a la audiencia. Su próximo objetivo era el bailar los miércoles, sábados y domingos en el Palladium, el más famoso de todos los clubes sociales latinos. Federico Pagani, el empresario de farándula había establecido las competencias de mambo para seleccionar a los mejores bailarines. Al principio su pareja era la afro-norteamericana Dottie y luego la puertorriqueña Carmen Cruz (Carmen Frank) con quién ganó muchas competencias y con la cual ha sido anónimamente inmortalizado en la película Mambo Madness. Carmen también fue su pareja de baile en espectáculos en el Teatro Puerto Rico, Hispano, Triboro y en el Mount Maitre en Canada, entre otros lugares. Entre sus representantes profesionales contó con Charlie Raab y luego con Fred Landers quien también representaba a Tito Rodríguez por muchos años. Finalmente, Carlos empezó a vivir del baile; lo que había comenzado como una afición se convirtió en su sustento y pasión.

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