De Barrio Obrero a El Barrio

Por Pedro Juan Hernández

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El Palladium y los bailarines de mambo y de los ritmos latinos han alcanzado una dimensión mítica y legendaria. Los nombres de “Cuban Pete” (Pedro Aguilar), Millie Donay, Augie y Margo, Andy Jerrick, Marilyn Winters, “Killer Joe”, Mike Ramos y muchos otros bailarines son conocidos entre los fervientes seguidores de la historia de los ritmos musicales y bailables latinos de los años cincuenta en adelante. Carlos Arroyo pertenece a este selecto grupo de bailarines, protagonistas y exponentes del género del baile y de la escena del Palladium.
Carlos Arroyo nació el año de 1931 en la calle Eduardo Conde del Barrio Obrero, en lo que históricamente fue una comunidad de cimarrones, esclavos libertos y trabajadores, en Santurce, Puerto Rico. Sus padres eran Carlos José Arroyo y Pilar “Lola” Almodovar. Su papá era linotipista, carpintero, contratista y su mamá era costurera y hacia trabajos domésticos. A ambos les gustaba bailar, tocar la guitarra y cantar a dúo. Su abuela Marcela fue quien lo crió ya que sus padres emigraron a Nueva York y estuvieron ausentes en sus años de infancia y adolescencia. Esta fue la que tuvo la mayor influencia en su vida y la que le enseñó a disfrutar lo que eventualmente se convirtió en su pasión, el baile. Desde temprano, Carlos, se acostumbró a verla bailar y aprendió a seguir sus pasos al ritmo de la música. Adicionalmente, durante estos años, Carlos estudió en las escuelas Padre Rufo Manuel Fernández y la Rosendo Matienzo Cintrón de la barriada cangrejera.
A los dieciséis años vino a vivir con su mamá en la calle 122 entre la Segunda y Tercera Avenida, en el Este de Harlem, o lo que comúnmente se llama “el Barrio” en la ciudad de Nueva York. A pesar de que llegó en avión le llamaban “Marine Tiger” en alusión al último barco de vapor que trajo a cientos de puertorriqueños que emigraron a la “Gran Manzana” después de la Segunda Guerra Mundial. Como muchos jóvenes puertorriqueños de la comunidad Carlos estudió en la escuela Benjamín Franklin donde con frecuencia los jóvenes se segregaban por grupos étnicos y las peleas entre puertorriqueños e italianos ocurrían a menudo. Fue en este período en que Carlos por primera vez empezó a sentir rasgos de racismo. Encontró refugio en su trabajó como vendedor de frutas en “la Marqueta”, el mercado de abastecimientos y productos étnicos, localizada entre la calles 110 y 116 de la Avenida Park, donde le pagaban desde 13 a 15 dólares a la semana.

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