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Chola, la loca

Enséñame, viejo puente,
a dejar pasar el río.
(Manuel del Cabral)

     "Locachola locachola", le dicen los muchachos al verla pasar; las criaturitas angélicas del pueblo. Pero ella no las oía. Hacía ya varios años que se había enterrado en sí misma; así no la lastimarían los insultos nunca más. En su mundo mental permanecía casi todo el día. Estrellita oraba a menudo como lo hacía antes de su desgracia, pero antes, en el mundo normal, no le contestaban la petición que hacía. Ahora era distinto. Las voces le decían: “Estrellita, Estrellita bonita, tienes tu reino en el cielo.” A ella le hacían llorar esas palabras, pero no sabía por qué.

     Aun en ese estado enajenado, buscaba un modo de escape, un pasatiempo, como muchas “borinqueñas hartas de la vida real”. Todas las tardes se presentaba una telenovela titulada “La tragedia de Chola, la loca”. Estrellita no se perdía ni un episodio, porque había algo en Chola que le recordaba su propio pasado.

     Pero, ¿quién era la tal Chola? Chola, la del Banco de Ponce, la que acusaron de ladrona, la que tuvo dos hijas: una era maestrita jamona, y la otra, asesina graduada de la escuela callejera del South Bronx. Habían acusado a Chola de haberse robado el dinero del pueblo –el dinero de la gente “reventá” del pueblo— para contratar al licenciado Carrillo como defensor de su hija bendita y perdida. El licenciado Carrillo, con sus diplomas colgados de las paredes de su despacho como símbolo de su sacrificio: Universidad de Puerto Rico, summa cum laude; Yale University School of Law, summa cum laude.

     “Mienten brujas, cueros envidiosas. Les voy a arrancar el corazón negro que tienen”, gruñía Chola.

     Mientras tanto, Estrellita permanecía embobadamente atenta a lo que sucedía.

     Fueron las hermanas Carrión, quienes trabajaban con Chola, las que afirmaron haberla visto retirar dinero de varias cuentas. Hacía más de treinta años que “no les daba una paliza a esas dos pendejas”. Desde la última vez, en la Intermedia, cuando las arrastró por el patio de la escuela. Chola no tenía la culpa de que ellas fueran chumbas, y que por eso, sus novios tuvieran los ojos pegados a sus curvas. Las hermanas Carrión juraron vengarse, algún día. Por Dios y la Virgen juraron.

     Llegó la policía y se la llevaron al cuartel. La interrogaron hasta lograr confundirla.

     ¡”Yo no lo hice! . . . No recuerdo, no recuerdo. Por Dios déjenme regresar a mi trabajo. ¡Soy inocente! . . . Esas cabronas me las pagarán”, gritaba Chola, volviéndose loca. Y luego murmuraba, “Ay, Dios mío perdóneme, que usted sabe que yo no acostumbro a hablar malo. Pero, ¿por qué permite que me pasen estas cosas?” Estaba tan distraída y enojada que se arrancó una uña con los dientes, sin darse cuenta.

     “El dinero fue tomado de las cuentas de los clientes que fueron a tu ventanilla esa mañana a depositar sus cheques. ¿Fue un error, verdad, Chola? ¿Pero dónde está el dinero? Devuélvelo, Cholita. A tu hija ya no hay quién la salve, esta vez”, le rogaba el detective Conde, amigo íntimo de su infancia.

     “Yo no lo hice, granuja”, gritaba Chola. “Déjenme volver a mi trabajo”.

     No fue la primera vez que le faltó dinero de la caja a Chola, pero antes, había sido en cantidades insignificantes; esta vez fueron tres mil dólares. Eso no se podía ignorar. Tres mil razones necesarias para que el Sr. Gutiérrez tuviera que despedirla, aunque nunca se pudieron comprobar las acusaciones.

     Chola no entendía lo que le había sucedido. “Pesadilla, tiene que ser”, porfiaba consigo misma. Y así era que todas las mañanas se levantaba a la misma hora, para ponerse las medias, la falda, y la blusa, y montarse en sus tacones de charol de Almacenes Rodríguez (“donde la moda llega primero”). Muy perfumada y refrescada, se marchaba a su trabajo. Con el tiempo, el Sr. Gutiérrez tuvo que llamar a la policía, para que le prohibieran presentarse en el banco, lista para trabajar, todas las mañanas.

     Chola lloraba a solas, muy de noche, todas las noches. Tantas fueron éstas, que la dueña de la casa tuvo que pedirle que se resignara o que buscara otro lugar donde vivir.

     “Vieja granuja, qué mucha compasión me tienes. … Qué sabes tú de resignación. Acaso conoces, ¡tú!, la soledad y la necesidad”, chillaba, entre suspiros y llanto, Chola. Provocada por la mirada acusatoria de la dueña, se le tiró encima como una fiera.

     “Dale a la ca…; ay perdóneme Señor, es que se lo merece. Dios te ayudará, Cholita, no te apures”, decía entre lloriqueos Estrellita, sentada todavía en la plaza con sus ojos fijos hacia el vacío.

     Los niños que salían de la escuela, atravesando la plaza y escuchando sus comentarios, deducían que estaba loca, y le gritaban: “locachola locachola.” Pero como sus palabras no alcanzaban herirla, la mandaban “pa'l carajo” (la frase favorita de ellos) y se marchaban.

     “De patita” en la calle la puso el señor de la casa, esa noche. “Señor, Santo Dios, que hago”, proclamaba Chola hacia el cielo sin atreverse a mirarlo. Pero Dios no le contestaba. Le quedaba una hija, la maestrita “jamona”, pero “ésa siempre fue una ingrata”, le recordaba Estrellita. A ella no podría acudir.

     Durmió la primera noche debajo de una casa alzada en zocos. Luego encontró hospedaje en un centro para mendigos. De ahí salía todas las mañanas después del desayuno. No hablaba con nadie. A la plaza se iba después de no encontrar trabajo, ni por su cuenta, ni con la ayuda de la “trabajadora social”.

     Estrellita seguía sentada en la plaza, bajo el sol caliente y fatigador. El sol fulminante que le causó la insolación. “Que no haya ni un sólo árbol que me dé sombra. Malditos ingenieros que no piensan en los pobres”, lamentaba Estrellita, mientras se acomodaba para continuar viendo su novela.

     “Ay, que hambre tengo. Tienen que ser las tres ya”, comentaba Estrellita, sin mirar ningún reloj. Señal de que el episodio de hoy se había terminado. “Hasta mañana, Chola, que Dios te guarde y te proteja”, se despedía Estrellita, "porque esas cosas le pueden pasar a cualquiera, hoy en día".

     Don Isidro, el del negocio en el pueblo, le tenía la comida lista a la misma hora de siempre. El conocía a Estrellita mucho antes de que fuera cajera en el Banco de Ponce, antes de que fuera madre de una criminal, y antes de que se convirtiera en la loca del pueblo. Y por eso, sabía que ella no era capaz de robarle nada a nadie. ”Porque sería pobre, pero honesta”.

     “Gracias, pa'i, por la comida y el café. Que el dolor de cabeza que me da de noche, me agota tanto, que no me deja volver al trabajo. Pero me dijeron que la ayuda me llegará pronto. Entonces te daré algo, para que salgas un poco de aprietos. Adiós, pa'i”.

     "Adiós, Estrellita, cuídate".

     Hubo tormenta esa noche de agosto, pero Estrellita durmió tranquila, porque a ella no la asustaban los truenos. De mañana, el cielo permaneció gris, amenazando con lluvia y truenos. Pero Estrellita no faltó ese día a la plaza porque no quería perderse el último episodio de su novela. Por la tarde, tomó su asiento de siempre, y mirando hacia el limbo, comenzó a ver la novela.

     A Chola le permitieron ir a ver a su hija en la cárcel. Cogió carro público desde el pueblo e hizo cambio hasta llegar a la cárcel de mujeres. La llevaron a la sala de esperas en lo que notificaban a la hija que tenía visita. “Sé fuerte, Chola. No llores”, le aconsejaba Estrellita desde su banco en la plaza, bajo el cielo tormentoso.

     Traían a la hija, esposada y vestida con uniforme color caqui: color tradicional de la escuela elemental de su pueblo –uniforme que nunca gustó de vestir—.

     “Sé fuerte, Chola. No llores”. Y entonces se encontraron, cara a cara, madre e hija, después de tantos años. La hija que se había ido del hogar diez años antes, aun sin haber cumplido los quince. Un close-up de la cariacuchillada hija, y de repente un grito estereofónico, causado por la corriente de sangre que le azota al corazón en ese instante: “¡Ay, mi hija!”

     Un relámpago relumbra sobre la plaza dándole un aspecto de película de misterio y que parece crearle venas al cielo —venas por donde corre la luz—. Se oye el estruendo del aguacero que salpica sobre la acera, bañando con agua viva al cuerpo inerte de Estrellita.

© Bronco Castro

Letras Vol.01/2010

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