El aguacate

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a Consuelo Vázquez de Parga

desde el Parque Central de Nueva York

 

Ayer me sucedió algo de lo más curioso. Había leído en el New York Times que las tiendas Macy’s tenían una venta de fin de temporada. Y como le he cogido el gusto a las cremas de efecto lifting, reservé la tarde para ir de shopping. La ola de calor húmedo que arropaba la ciudad me impidió ponerme uno de esos conjuntos de lycra con los que suelo atraer  a los vendedores. Por ello, elegí una blusa azul de seda y una falda de flores blancas y amarillas que hacían juego con el bolso de Prada que me compró mi marido cuando fuimos de vacaciones a Miami. Con aquel modelito latino tropical y por supuesto, un maquillaje veraniego impecable, salí del apartamento y agarré un taxi gipsy en el Grand Concourse. Llegamos a la 34 en un santiamén.

Antes de entrar, me comí un helado de chocolate con almendras ya que, como tú bien sabes, para practicar nuestro deporte favorito, es imprescindible que una se sienta enérgica y decidida. Lo compré en el Haggen Dazs que  está en Broadway. Después de zamparme la barquilla, que como habrás comprobado, te la sirven unos jóvenes menores de treinta años  que están buenísimos, me limpié  bien la boca, me apliqué el crayón de labios y crucé la avenida como una reina de belleza.

Aunque el calor intentó ajarme el maquillaje, al abrir la puerta para entrar en la tienda me recompuse. Me pareció percibir una fragancia a lima o bergamota, pero no le hice demasiado caso. El decorador de la primera planta siempre está buscando nuevas sensaciones para las clientas, y probablemente aquel aroma representaba otra  táctica subliminal para seducirnos. Sin perder tiempo, crucé el vestíbulo, pasé por el cubículo de información; y antes de entrar en la gran sala de los cosméticos, me metí en el departamento de las medias. Tenía el presentimiento de que esa tarde me iba a salir un cohete en el par de Guivenchy que me estaba estrenando, y quería estar preparada.

Para llegar a esta sección --que para la temporada de otoño, está lanzando una colección de medias color pastel que están divinas--, tuve que franquear los mostradores de las colonias de caballero. Cuando llegué a  la sección de Giorgio Armani, se me acercó una vendedora de Shiseido con una cestita en la mano izquierda. Era la típica esthéticienne de esa línea japonesa: tenía el cabello en un moño, llevaba un maquillaje exquisito, y un vestido elegante y oscuro. Siguiendo tu consejo de escuchar a las representantes de esa firma, me detuve. Pero cuando estuvo a un par de pies de distancia, me di cuenta de que en lugar del tradicional frasquito de perfume, lo que tenía en la mano era un aguacate maduro.

Con su sonrisa perfecta, su perfecto maquillaje y su perfecta dicción, aquella perfecta vendedora de Shiseido pretendía que yo sintiera la textura del aguacate que --como podrás imaginar, comenzaba a ponerse negro de tanto manoseo-, o le metiera el dedo a las lascas que había colocado junto a una pepa, en su perfecta canastita.

Una nueva estrategia de mercadeo, pensé. Los expertos de belleza nipones descubrieron en sus laboratorios los beneficios del tropical fruto y decidieron compartir el hallazgo con sus clientas. Seguro que detrás de los maniquíes y los arreglos florales hay varias cámaras escondidas grabando mis reacciones. Pero como no me apetecía agarrar el aguacate caliente, ni ensuciarme las manos con los pedazos negruzcos que había en la cesta, después de poner cara de que no entendía, musité unos monosílabos y me refugié en la sección de las medias.

Pasé allí un largo rato sin ningún contratiempo. Compré media docena de panty hose color salmón que son un sueño, y me dirigí confiada a la nave de los cosméticos. Entré por uno de los corredores laterales. Y cuál no fue mi sorpresa al percatarme de que de los mostradores de Clarins, Clinique, Esteé Lauder y Christian Dior, salían vendedoras con bandejas donde, en vez de presentar a la selecta clientela los últimos perfumes, cremas y  lociones, lo que tenían eran montañas de batatas, racimos de guineos, pencas de bacalao, ñames y yucas. Y lo mejor de todo es que las clientas, todas señoras muy finas, no se quedaban chiquitas. A la mínima sugerencia de las vendedoras, se embarraban las manos con los guineos maduros, le metían la nariz a los ñames y las yucas, y se untaban la cara con las papayas, los mangos y los mameyes. Como te podrás imaginar, yo estaba horrorizada; pero preferí no mostrar mi disgusto ante el penoso espectáculo.

Había ido a por un frasquito de crema de aceite de oliva, y todo el mundo andaba comprando montones de viandas, docenas de plátanos y racimos de quenepas. No me atreví a llegar al mostrador de Orlane. Si ésa era la última tendencia en el campo de la cosmetología, cabía la posibilidad de que en vez de mi crema favorita me metieran en el frasco media libra de gandules o un sancocho.

Decidí marcharme tan digna como había llegado. A empellones logré hacerme camino entre las cajas de jobos, quimbombós y nísperos que habían invadido los pasillos, y al llegar a la calle, me retoqué el maquillaje  y sin pensarlo dos veces, me metí en el subway.


© Marithelma Costa. Published by permission in Centro Voices on 14 January 2015.

Centro Voices (ISSN: 2379-3864).
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