¡Ay Virgen, yo no sé quién soy!

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a Tato Laviera.

Me acaba de llamar la poeta ecologista Nancy Mercado en esta mañana de Oya, o la Virgen de la Candelaria, para preguntarme si nací en Nueva York. Le digo que no. Entonces quiere saber a qué edad llegué a la ciudad y le respondo inocente que aterricé recién cumplidos los dieciocho. Con esta información me lanza la pregunta de los 64 mil dólares: ¿te consideras una poeta nuyorican?

De inmediato llegan a mi mente un montón de respuestas: desde la histora del movimiento y la fuerza de los pioneros como Pedro Pietri, Miguel Piñero, Ed Vega y Sandra María Esteves, hasta la llegada de los jóvenes del spoken word, y la transformación del Nuyorican Poets Café en una marca –con cupones en Groupon– para el del Village y una sucursal en la calle San Francisco del Viejo San Juan. Pero si hay cientos de respuestas que, como un caleidoscopio, se van sobreponiendo unas sobre las otras, solo hay una certeza. La pregunta de Nancy Mercado abre una caja de Pandora o, con una metáfora más inmediata, a can of worms. Y los gusanos no están en una cajita de las que le poníamos a los Reyes Magos el 5 de enero, sino que se mueven frenéticos en un inmenso container de metal como los que traen a los Estados Unidos los miles de puertorriqueños que están viviendo la segunda emigración masiva en la historia del país.

Hablamos largo y tendido del tema y sus implicaciones, y me propone que escriba un artículo. Pero como estoy  metida de pies a cabeza en lo que Marta Aponte Alsina llama “el edificio de una novela”, y entre las clases que doy y la escritura apenas me queda tiempo para nada, accedo a responder su pregunta, pero desde una perspectiva personal. En este ajetreado febrero, aunque es otro item que debo añadir a la lista de los pendientes, le tengo que agradecer su pregunta bomba, pues me obliga a una reflexión que nunca me había planteado y a esta altura del partido quizás sea útil aclarar.

Según la infalible calculadora de esta computadora, llevo en Nueva York la friolera de 37 años. Y esto se dice en un abrir y cerrar de ojos, pero es mucho tiempo: por lo menos, dos vidas.  Llegué con un programa de intercambio estudiantil, me escapé a Madrid pues no podía con este frío, aproveché allí para hacer una licenciatura, y volví becada a estudiar la maestría. Fue un inicio de lujo que no comparten muchos poetas nuyorican. Ahora enseño en Hunter College y quién sabe dónde terminaré. Aquí escribo poesía, cuentos y novelas. Nueva York está presente en mis crónicas en verso y en muchos de mis cuentos. En este momento  reconstruyo el barrio de Chelsea y Union Square desde la perspectiva de una emigrante que nació en 1880 y llegó aquí a principios del siglo XX: mi bisabuela. Pero el detalle es que todo este caudal de experiencias escriturales, lo expreso en español.

No sé qué etiqueta ponerme. Cuando voy a la Isla mi tía materna me dice “la nuyorican” y Fredy Roncalla, un poeta peruano que trabaja aquí el quechua, está de acuerdo con mi tía. Además, allí vivo en una sensación constante de extrañamiento ante el habla y las costumbres del país análoga a la que experimentan muchos nuyoricans.  Aunque sé que hay gente valiosa, informada y sobre todo tolerante y valiente, veo un clasismo que antes se disimulaba, una religiosidad que lo permea todo e intentan imponerte tanto por mar, en los viajes de la lancha que va  a Vieques,  como por tierra, en las excursiones espeleológicas a las montañas del país. Y también noto un deseo inusitado de evasión acompañado de la frase-mantra: “Es que me quiero ir pa’allá fuera”. La crisis colosal que vive el país se nota en la mirada de mucha gente.

En Nueva York me siento menos extranjera pues, como afirmaba el poeta Clemente Soto Velez, aquí los puertorriqueños hemos luchado y alcanzado un nivel de libertad que en la Isla se desconoce. Sabemos cuál es nuestra posición en esta sociedad, creemos en Dios y rezamos si nos da la gana, nos emborrachamos unas veces, “jangueamos” otras, y para la angustia tomamos pastillas o nos arropamos los unos a los otros. Clemente habló de libertad, libertad y responsabilidad. Sabemos que tenemos que esforzarnos el triple para que nos cojan en serio, y lo hacemos. Basta leer las biografías de la jueza Sonia Sotomayor, el político Luis Gutiérrez o el artista plástico Pepón Osorio.

Si ser nuyorican es ser un puertorriqueño de Nueva York, a esta altura del partido, lo soy.  Soy poeta y nuyorican. He tenido la suerte de conocer a otros poetas niuyoriqueños como Clemente Soto Vélez, Manuel Ramos Otero, Alfredo Villanueva Collado, Myrna Nieves, Carmen Valle y David  Cortés Cabán. Además he vivido el privilegio de compartir con nuyoricans en inglés como Ed Vega, Pedro Pietri, Tato Laviera, Jack Agüeros, Miguel Algarín, Mariposa y Sandra María Esteves.

Con Sandra viví mi bautismo de hielo. Una noche de invierno de fines de los setenta, tras una lectura colectiva de poesía en el sur del Bronx, seguimos la fiesta en uno de los edificios semidestruidos por el famoso arson que dominaba los titulares de los periódicos y la vida de los negros y los boricuas. Allí un grupo de artistas se había propuesto rescatar el barrio, que parecía un campo bombardeado de la Segunda Guerra Mundial. Tenían un centro cultural en el primer piso del edificio donde iban los jóvenes a escapar de las drogas y las balas, y a aprender. El imprescindible olor a desinfectante cortaba la respiración. Y el frío que ellos vivían a diario y yo solo experimenté aquella noche –siempre he tenido el lujo de vivir en esta ciudad con calefacción–, pues me produjo una pulmonía mayúscula que me tuvo un mes de cama. Probablemente y sin saberlo, allí empecé a convertirme en una poeta nuyorrican.

Así que soy una poeta nuyorican que escribe en español. No trabajo la nostalgia por la isla perdida de los padres que llegaron expulsados en los 40, 50 y 60, mi monolingüismo me impide jugar con el code switching y mis poemas recrean más el ritmo sosegado de los jardines urbanos del Village que cuido hace dos décadas, que los staccatos de las calles de la ciudad. En en Triángulo de Minetta, siembro bulbos en diciembre, percibo en febrero el imperceptible despertar de las plantas. Y en marzo cuando amaina el frío y puedo volver a ellos, me dejo llevar por las oleadas del amarillo de los daffodils a las que sigue la blancura de los dogwoods, los viburnums y azaleas. Claro entre verso y verso, desyerbo, podo, abono y limpio la basura que les gusta tirar a los neoyorquinos. Aún así, a pesar de este idílico entorno, mi escritura es más afín a las ironías surrealistas de Pedro Pietri que a la rítmica sensualidad de los poemas de Tato Laviera.

Mi barrio está en la Sexta Avenida y Bleecker. La elegí cuando tenía diez años. En un viaje para ver a la abuela –quien vivía en las calles de puertorriqueños y negros donde se inspiró Leonard Bernstein para componer su West Side Story–, visité el Village y sentí algo en el ambiente que me atrajo. Caminaba por la calle MacDougal con mis padres y me dije en secreto: “Me gustaría vivir aquí”. Pero como todo tiene su final, misteriosamente los artistas, los escritores y los músicos que percibí entonces se han ido eclipsando. En su lugar ahora proliferan los abogados, los dueños de empresas, los expertos en hedge funds –o fondos de inversión fraudulentos– y sus primos hermanos, aquellos que se ganan el ostentoso pan de cada día, con los fondos buitre. Según el Los Angeles Times, hoy uno de cada veinticinco neoyorquinos es millonario. En mi barrio no queda mucho de la comunidad inicial: solo un puñado de sobrevivientes, algo de soledad y bastante aislamiento. Todo hay que aclararlo: a pesar de mi rutilante inicio en Columbia University y mis dudas sobre mi identidad nuyorican, si antes me miraban como una spik,  ahora soy una latina más. Basta con que abra la boca.

En fin, si la etiqueta de poeta nuyorican es inclusiva y se abre a todos los poetas vinculados vitalmente a Puerto Rico y a Nueva York –en la unión está la fuerza–, lo soy. Pero si se hace exclusiva a los hijos y nietos de los emigrantes que trabajan en inglés –lo que nos divide y balcaniza–; pues, no lo soy. Y si prescindimos de las etiquetas que ayudan a poner en orden el maremágnum que es la vida, en este juego dialéctico en el que me ha metido Nancy, por lo general no me siento ni lo uno ni lo otro. Soy un simple ser que escribe. Alguien que nació en una isla y recaló en otra. Mi vínculo es con las personas que escriben hoy y escribieron antes de mí. Y dentro de esa inmensa familia, mi filiación es con los que lo hacen en la misma lengua que yo, pues los entiendo mejor. Así que volviendo a la pregunta inicial de Nancy Mercado: ¿Soy una poeta nuyorican? Pues soy una poeta nuyorican, una latina y una spik. Y si no están de acuerdo conmigo, pues me acojo al discurso de graduación de Tato Laviera: “¡Ay Virgen!, yo no sé quién soy”.    

22 de febrero
Fiesta de la Parentalia


© Marithelma Costa. Published by permission in Centro Voices on 10 April 2015.

Centro Voices (ISSN: 2379-3864).
The views expressed here are those of the author and not necessarily those of Centro Voices, the Center for Puerto Rican Studies or Hunter College, CUNY.